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El Blog de Preciada Azancot
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El Libro de tu Justicia, o cómo erradicar la Rabia, de Preciada Azancot

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LAS IDEOLOGÍAS, ESPEJISMOS DE LA JUSTICIA


Preciada, 26 de julio del 2004:


Las ideologías son cuerpos de ideas erráticas que rigen nuestras vidas y ocupan el lugar de nuestra vocación. La vocación nos hace certeros y libres; la ideología nos hace esclavos y miméticos.

La idea depende del Sintetizador y de la tristeza, convertir la tristeza en orgullo ya es una gran patología y es ser la mitad de un psicópata. Porque no cabe el orgullo de perder o de hacer perder. El orgullo sólo se debería sentir hacia descubrimientos y creaciones altas que nos hicieran crecer y ser más de lo que éramos, no hacia ideas que, por definición, son circunstanciales. La tristeza sirve para encontrar opciones y soluciones, mientras que el orgullo sirve para afirmar algo más alto y válido de lo que éramos o de lo que el otro era. Transformar un apaño en esencia de nuestra identidad es patético y nos sitúa en una dependencia de pigmeos, engolando la voz, además.

Se puede considerar como ideología todo lo que representa la ocupación de la esencia libre de nuestro ser por ideas limitadoras propias o de otros. Esta colonización se hace posible cuando estamos dentro de una tipología, porque nuestra vocación deja paso a la dictadura de nuestro ídolo arquetipal, lo cual es causa de tristeza, y esa tristeza, en vez de abocarse a buscar las formas de liberarse, tal y como lo hicimos en nuestra andadura sobre seguridad y desarrollo, encuentra una forma de hacernos tragar esa desolación aduciendo que mal de muchos consuelo de tontos,  aferrándonos a una ideología, que es, por definición un Mapa tipológico desconectado del orgullo (talento) y de la alegría (vocación). Y nos sentimos orgullosos de vivir sin orgullo y sin alegría con tal de pertenecer a un tropel de gente aferrada a la misma ideología-dolencia que la nuestra. Además, como ya hemos demostrado en nuestra andadura anterior, esa falsa pertenencia basada no sobre el amor sino sobre la tristeza nos cierra y nos niega el acceso a la pertenencia real a lo más amoroso.

No necesitamos esperar a la aparición del Leviathan de Hobbes para hablar de ideologías. Siempre las hubo: el feudalismo era una ideología Legisladora y paternalista. La democracia que despuntó con la revolución francesa era una ideología Constructora y niveladora. El capitalismo, que está por caer, es una ideología Promotora de jungla competitiva, el socialismo y el comunismo, que ya cayeron, son un ideología Reveladora resentida e igualitaria apisonadora del orgullo de la diferencia. En la Grecia antigua Atenas representaba una ideología Reveladora y Esparta una ideología Legisladora. Y en la era bíblica había una ideología Reactivadora, tribal y proteccionista que impedía la autonomía del individuo y favorecía la aberración de considerar que la unidad de lo humano era el grupo, la familia, la tribu, y no el ser libre y autónomo. Toda tipología lleva en sí una ideología, mientras que la conexión tipológica, es decir, el redimensionamiento de la competencia, la recuperación del talento y la conquista de la vocación lleva a una cultura, lleva a una civilización de liberación de las otras cinco tipologías restantes, todas libertadoras, todas en el mismo plano de igualdad. Todas indispensables porque forman y conforman la sexta parte de la verdad cada una. De una verdad que necesita de la expresión de las cinco partes del todo, sobre la base del respeto y valoración de la diferencia y sobre la red de interdependencia solidaria. Como en nuestro grupo. 

Pero ¿de dónde nace el fanatismo excluyente que comparten los seguidores de ideologías? De las súper ideologías que son las religiones. Una religión es un listón de parada al crecimiento de la alegría de la certeza de los seres humanos. Es, además, una generalización impuesta a partir de un caso particular a todos los que ese caso pone peor de lo que, antes, estaban. Me explico: en algún momento, en nuestra investigación de la alegría, estudiaremos a fondo este fenómeno. Pero que me baste señalar que si bien los fundadores de religiones fueron todos grandes iniciados y todos, estoy segura de ello, han tenido relación directa con la divinidad y con lo sagrado, sus seguidores, ávidos de poder, han impuesto el crecimiento de su maestro como el límite máximo de lo que no se podría superar: como el intermediario entre Dios y los hombres, y, lo que es peor que todo: han impuesto una de las seis vías de superación como la norma obligada para las seis. Me explico con el ejemplo del cristianismo: el amor es la vía vocacional de liberación para el Legislador, no para las cinco restantes. Así que imponerla como vía de acceso a Dios cierra cinco puertas en vez de abrir una sola.

Y ¿cuál es la raíz de que ello haya sido posible? Pues es lo que me gusta llamar el mamiferío: esa veneración impuesta por la sociedad hacia nuestros progenitores, no por su valía personal sino porque sí, por el mero hecho de habernos engendrado, por el estúpido falso orgullo de compartir un ADN común -¡patético narcisismo!- es la raíz de todos los males en cuanto a alienación se refiere. Los padres ocupan el lugar de Dios, a quien también se ve como a  un Dios Padre, un súper padre, hecho a imagen y semejanza de nuestros padres. Así que, de paso, toda la rabia transformada en culpa y toda la tristeza ideológica transformada en falso orgullo egocéntrico, se la lanzamos al cielo, contra Dios, el chivo expiatorio de todas nuestras necedades.

Y si a todo ese desastre se añaden las ideologías generacionales que, ya lo podréis constatar en esta misma investigación, niegan la secuencia acumuladora de energía e institucionalizan -por turno mecanicista- una tipología sobre las cinco restantes y en la peor de las secuencias, entonces ¿cómo extrañarnos de estar tan mal y tan obcecados? ¿ O no es cierto que en los veinte últimos años rigió una ideología generacional Promotora, con su obsesión por el valor añadido, la venta, la comunicación obsesiva, la imagen, la vitrina, la jet set, la competencia de jungla, el cinismo y el desamor? ¿O no es cierto que hoy está rigiendo una ideología Reactivadora donde la solidaridad es porque sí, donde los últimos son los primeros, donde las emociones reinan por simple moda y donde es ley lo que se siente, no lo que se debería sentir, no importando nada si la emoción es auténtica o falsa y dando primacía a la falsa, donde el coaching es rey, donde el amor es la única respuesta para todo y se niega la existencia del mal cual caperucita besando lobos? Y dentro de diez años nacerá otra, Legisladora, que codificará todas las conquistas eruptivas de nuestra generación Reactivadora actual, y las convertirá en instituciones sacralizadas e idolátricas, y luego, veinte años después vendrá una cultura Reveladora que lo recuestionará todo y hará estallar todo. Y ésta abrirá paso a otra, Constructora ella, que reconstruirá sobre las ruinas y abominará de la rabia, y luego vendrá otra Fortificadora, como la que precedió a la Promotora, donde el individuo se las arreglará solo en su existencialismo nihilista y masoquista? Eso es lo cíclico, y no nacimos para ser cíclicos de círculos viciosos. “Espiralistas cónicos” sí, cíclicos no. 

Y allí estamos todos nosotros, justificando tanto desastre y eligiendo, en ese satánico menú, dónde apuntarse para sentirnos más acompañados, para creer tener razón, para ver el mañana sin demasiado pánico y para no vomitar ante el espejo donde nos miramos, cual monos locos.

E, ignorando todo aquello, ¿nosotros qué nos ofrecemos los unos a los otros? Seis competencias que se suman para hacernos humanos y entrañables, seis talentos que se multiplican, para hacernos geniales y libres, y para ser cada vez más lo que fuimos creados para ser: pura metamorfosis en eterna recreación. Y seis vocaciones que se potencian para hacernos veraces, auténticos y libres, inmanipulables y libertadores pacíficos de nuestro entorno. Testimonio de lo posible para los demás.

Pero antes, hemos de aplicarnos la rabia y la justicia a nosotros, como integrantes de una sociedad que eligió la incivilización. Para rectificar, deberemos asumir, en nombre propio y colectivo, que hemos colaborado muy activamente en impedir la civilización de esta manera muy precisa: El Fortificador, con su miedo inflado inventó el mamiferío y el Legislador lo instituyó al inventar las religiones. Luego llegó el Constructor e inventó la simbiosis, y el Reactivador lo instituyó al inventar el sacrificio. Luego vino el Revelador e inventó la guerra y el Promotor lo instituyó e inventó el botín. Estos son los seis cánceres ideológicos que imposibilitan una Civilización en el orden de lo humano. Mientras no asumamos eso, seremos unos demagogos más a los cuales nadie necesita para añadir más confusión a la mucha que ya hay.

Un beso fuerte,

Preciada.

Nuestro Debate:

Pedro: Dijo haber vislumbrado que, en verdad, y como lo afirma Preciada, el ser humano no nació para morir conectado, con un día de vida de bebé, sino para empezar a dar su primer vagido y arrancar un crecimiento verdadero, pues ¡cuán pequeño y asustado se había sentido con este manifiesto de Preciada! O sea, para traducir en cristiano, ¡cuán indignado! Pues sabía que éramos todos unos corderos sacrificatorios en esta sociedad, pero no había realizado hasta qué punto y hasta qué niveles. Y que se le caían los brazos porque no sabía por dónde arrancar. Pero que también sentía confianza pues, como bien habíamos decidido, sólo íbamos a trabajar desde adentro y en el ámbito personal. Si nuestras respuestas se revelaban respuestas universales, tanto mejor, pero que no era nuestro problema ni pretensión lograrlo. Y que sí, que estaba de acuerdo con que la ideología era auténtica tristeza transformada en falso orgullo y que, siendo la tristeza su vocación, él había siempre desconfiado de las ideologías. Y que sentía orgullo por ese sano rechazo.

Nos dijo que teníamos una suerte increíble por haber sido seleccionados por alguien capaz de ahondar tanto en lo personal y volar tan alto en lo colectivo como lo era Preciada. Y, al ver la expresión de ella, que siempre rechazaba todo lo que, de cerca o de lejos, pudiera sonar a culto de la personalidad o  a idolatría, precisó que era tan sólo admiración y amor, y también alegría de pertenecer a tan precioso y privilegiado grupo.

Confesó que no se sentía capacitado para aportar algo a cada rubro de este manifiesto, que más parecía un compendio de sentencias y píldoras de sabiduría por lo denso y profundo, y que, como creía expresar nuestro sentir general, proponía el siguiente enfoque para el debate: cada uno de nosotros apoyaría, explicándolo con conceptos más asequibles y pedestres, lo que le había suscitado más rabia y haría una pregunta al grupo en lo que de más difícil acceso le suscitara. Y todos apoyamos la moción.

En cuanto a Pedro, dijo demostrarnos que sí había logrado su conexión al apuntar, en vez de su consabido hábito de encontrar responsables afuera, a lograr asumir y desvelar su propia responsabilidad en el desastre anti civilizador de sociedad que había contribuido a crear con lo que llamaba Preciada “creación del mamiferío”, o culpa original del Fortificador. Y dijo que era más que cierto, que él, por miedo inflado, por deseo de seguridad falsa e insaciable, por culpa en vez de rabia contra los crímenes domésticos de los cuales había sido víctima de niño, por prohibición de la inteligencia –sobre todo- había creado la ideología más extendida del mundo: la veneración mamífera al núcleo familiar, el culto a los genes propios, el narcisismo más ridículo de la tierra. Y, todo ello, para no afrontar el dolor de deducir que sus padres, maestros, sacerdotes, figuras de autoridad doméstica, se habían querido a sí mismos y a sus tipologías más que a su hijo. Y que, al venerar lo familiar como lo único seguro e incondicional, como la anti jungla en suma, había cerrado su sello de nihilista y de ateo vocacional. Pues si los falibles progenitores eran Dios, ¿cómo no mofarse de un Dios así? Y sí le estaba obligado confesar que él había amado a sus padres más de lo que ellos lo amaron a él, ¿cómo confiar en la grandeza de un Creador?, ¿cómo no ver el amor divino como  la fuente de todos los peligros? ¿Y cómo no usarlo entonces como cubo de basura de todas las acusaciones que no se atrevía a denunciar contra los que se habían congelado, en su memoria infantil, como gigantes todopoderosos frente a un enano impotente? Y lo más grave es que, demostrándose que la sociedad actual institucionaliza lo peor de cada tipología, ¿cómo no verla como la más despiadada y peligrosa de las junglas?

Pero que hoy sonreía al fin ante su propia necedad. Si las autoridades de nuestra infancia eran vistas tan sólo como eso: personas con tipología, es decir de espaldas a sí mismas, si la admiración iba, no al ADN propio, sino a lo más grande, a la propia esencia, cambiaríamos todos la veneración ideológica de turno por la maestría civilizadora, y, lo que era aún más importante, podríamos perdonar a nuestros educadores y hasta amarlos de verdad, ya que no nos sentiríamos, por idolatría, obligados a imitarlos ni a sentirnos tan errados si nos negábamos a ello. Con lo cual, se demostraba que la rabia era vitalista y dinámica. E hizo una demostración caricatural y jocosa de sus figuras parentales y de sí mismo cuando las “veneraba”  odiándolas culposamente y responsabilizándolas de su vida. Y para terminar dijo a Maite que hasta su fervor espiritual y su amor por Dios le parecía bonito, ya que había dejado de estar enfadado con Dios.

 Lo que no entendía bien, era eso de las ideologías generacionales. Y pidió aclaraciones.

Maite: Manifestó su fervorosa admiración por el manifiesto que había leído tantas veces hasta saberlo de memoria. Que la definición de ideología le parecía magistral y le horripilaba constatar lo muy ideológica que había sido. Y admitió su enorme responsabilidad de idólatra, creadora de religiones como medio de institucionalizar el mamiferío o culto por el propio ADN. Y dijo que sí que imaginaba a dios padre con barba larga y trono deslumbrante, como por lo demás, hacía con su papá cuando lo idealizaba. Pero que se había sentido más que feliz cuando Preciada dijo que Jesús sí que reprensaba la vía de conexión del Legislador, porque para ella, él era Dios, su Dios. Pero que también tenía algo de miedo porque, si alegría era intuición, y si ésta era su genialidad potencial, ella intuía que Preciada le haría entender muy pronto que su dios había sido tan sólo un maestro, enteramente humano y maravilloso, y limitado a su  sexta parte correspondiente de verdad. Pero como amaba tanto a su maestra tomaría el riesgo. -Preciada le dijo que no la llamara maestra sino amiga-. Y ella respondió que sí, que veía perfectamente que una religión era un listón de parada para la posibilidad ilimitada de crecimiento potencial del hombre, y que peor aún era poner al fundador como intermediario entre Dios y los hombres. Pero que lo que le parecía más peligroso y horripilante era que los seguidores del maestro, por avidez de poder, transformaran toda esa maravilla de legado espiritual en secta destructiva, manipuladora, catalizadora auténtica de la rabia legítima de los hombres. Y nos pidió perdón por su propensión idolátrica. Y la aplaudimos.

En cuanto a lo que menos había entendido, era la participación de los otros cuatro actores jinetes del Apocalipsis y que estaba deseosa de escuchar sus rectificaciones pues eso la aliviaría del peso de su propia conciencia, ya que aseguraba que nada era tan malo como lo que había hecho ella y que nos prometió rectificar. También le había inquietado la arremetida de Pedro contra la santidad de la familia.

Eva: Declaró que estaba conmocionada por el manifiesto del día. Y que iba a comenzar con su mea culpa, el haber inventado la simbiosis. Y que sí, que cuando se tiene el orgullo ausente y que éste es reemplazado por falso orgullo envidioso, no se puede acceder a la visión del ser humano como algo completo, autónomo y libre, sino como algo incompleto y parcial. Y que, por lo tanto, sobre todo cuando se tiene la rabia prohibida, a la que reemplaza el conformismo y la resignación, se cae en una visión de la sociedad y del grupo como la de las hormiguitas: una sola no vale nada, pero si todas se organizan y hacen parte del todo, entonces serán imparables. De esa “buena intención” se empieza a pavimentar nuestro infierno, porque cada uno se siente útil e irremplazable sobre la base de su emoción tipológica inflada, y se recae en una visión arquetipal donde los dioses que nos rigen exigen cada vez más sacrificios y más enfrentamientos con los esclavos de otros dioses. Que nos pedía encarecidamente recordar nuestra cuarta reunión sobre seguridad y miedo, donde cada uno de nosotros lo evidenciaba y explicaba muy bien. Y que, en la simbiosis, lo peor no es eso, que sí es dramático, lo peor es que llegamos todos a ser especialistas y guardianes contra la liberación, y transformamos en ideología dominante el mapa tipológico del vencedor de turno. Y que todo estaba montado para “marear la perdiz” e impedir encontrar salidas. Y que eso era la razón de la rotación infernal de las ideologías generacionales que mostraba Preciada. Ella había reflexionado, y como ingeniero, había descubierto que el orden en que se daban paso una generación a otra no era “aleatorio” sino premeditado y montado con un objetivo muy preciso: imposibilitar la conexión, la liberación de la tipología.

Y nos mostró que, por ejemplo, hacía veinte años, regía efectivamente una ideología Promotora, por la alegría inflada de depredadores, el cinismo, el mundo convertido en jungla. Pero que, precisamente, la vocación del Promotor es el miedo, y que, si la rueda de la historia estuviera enfocada a la civilización basada sobre la seguridad y el desarrollo, iríamos después a una civilización Fortificadora, y no en el sentido inverso, Reactivadora. Y que Preciada siempre nos nombraba las emociones en la dirección de la acumulación de energía, del acceso a más libertad y verdad, y que, precisamente, las ideologías iban en sentido opuesto, esclavizador, negador de autonomía, manipulador, lo anti civilizador en suma. Y que eso era marear la perdiz de la más sangrienta de las maneras, porque cuando, por ejemplo, la era Promotora había demostrado su ineficacia, ya no daba más de sí, la sociedad pasaba el testigo al que venía atrás, no delante, y se pasaba del cinismo y del desamor a la salvación mesiánica empalagosa y salvadora de los peores, que era lo de hoy. Y que Preciada había anunciado, para dentro de diez años, una era en sentido inverso, Legisladora y luego igual, Reveladora, y luego Constructora, o sea, el mundo al revés. Y que la única alegría que sacaba de eso era que nosotros habíamos demostrado ya que la alegría era la base única del miedo, y éste de la tristeza, y éste de la rabia, y que lo que tocaba después era orgullo, y eso le daría las claves enteras para su conexión, y que si el planeta era de su tipología Constructora, la tierra entera encontraría con nosotros, su mejor opción.

Eduardo: Abrazó a Preciada y le dijo que jamás había pasado un tal miedo en su vida, pues la autora del manifiesto había hecho el requisitorio contra el desamor más magistral que imaginarse pueda. Que se había sentido como una rata desenmascarada cuando vio perfectamente que, como buen pirata Promotor, había esperado que todos pecaran para lucrarse más que todos sobre la base de la sangre ajena. Y que iba utilizar este manifiesto como test con otros Promotores para verificar con toda facilidad cuál era salvable y merecía su amor y cuál no, porque ante una tal desfachatez, cualquiera que tuviera el miedo a dañar como vocación se paralizaría de terror, y cualquiera que tuviera el amor como talento no podría sonreír durante una semana. No digamos usar el mamiferío, más las religiones, más la simbiosis, más el sacrificio de lo mejores, más la guerra donde otros se dejaran matar, para él llegar de último y quedarse con todo el botín de guerra, y, con migajas de él, sobornar a los peores para que se les unieran en la piratería.  Y que sí que lo había estado haciendo toda la vida: empezaba con los venerantes mamíferos y veía que ellos eran débiles por amar, mientras que él, fuerte por no amar a nadie. Luego con los religiosos: los veía tontos porque frenados por escrúpulos que le dejaban puerta libre para lucrarse sin remordimientos, y que después los simbióticos lo hacían sentirse orgulloso de ser un lobo, sí, pero sin rebaño, mientras que los demás eran sometibles y él un águila, y que los sacrificados eran sus zancos, pues siempre se lo llevaban sobre los hombros y justificaban sus fechorías y daban la cara por él, mientras que los agresivos guerreros le permitían, si es que no morían en la guerra, presentarse como mediador y cobrar jugosas comisiones de ambos bandos. Y, para colmo, afirmar que la vida era exactamente eso, y que él era el más listo de la jungla. Que la visión de eso, en vez de hacerlo sentir falsamente orgulloso de su propia ideología, le había producido terror retrospectivo, y amor por todos nosotros y ganas de rectificar y que, por lo pronto, él nos invitaba a la cena y con cava, porque había recibido el mayor regalo de su vida y estaba de celebración.

Y concluyó diciendo que la demostración de Eva sobre las ideologías generacionales le había parecido genial y que él nos pedía permiso para, cuando llegara el momento, manifestarse sobre las secuencias reductoras y empobrecedoras y la secuencia emocional acumuladora y potenciadora. Porque la imagen del cono espiralado, aun sin entenderla, le había encantado. Y preguntó a Preciada si no era su alegría prohibida la que la hacía evadir su bien merecido título de Maestra.

Preciada: Validó la visión de Eva sobre la secuencia acumuladora de energía y la felicitó. Nos señaló que antes de atacar ese problema había dos temas que había que despejar: se daba por sentado que el ser humano necesita ser dirigido, ¿verdaderamente nació para eso? Porque si sí lo era, si sí era su naturaleza ser dirigido, el mundo siempre necesitaría religiones e ideologías, porque había que hacer divulgación, desmenuzar y simplificar lo complejo para uso e “instrucción” de los simples, de los ignorantes, de los menos crecidos, de los de “abajo” en suma. Pero ¿y si, por el contrario, contra más retorcido y desorientado, más confuso se era, y contra más en el orden, más sencillo? Nosotros, por ejemplo, ¿nos sentíamos más sencillos, más claros, más ordenados o más complicados que hacía algunos meses? ¿Se puede aspirar a la unanimidad si nos complicábamos cada día más para ocultar nuestras ignorancias, fundando una secta más con jerga inextricable, con pensamiento confuso, tipo lacaniano por ejemplo? Y, por otro lado, ¿no deberíamos buscar precedentes de buenos resultados y de éxito sin violencia en los mal llamados “milagros”? Porque, cuando uno está en la noche de la ceguera, cualquier progreso que desate nudos y aporte el progreso y la verdad ¿no es visto como Milagro? ¿No se habla del milagro japonés, del milagro americano, del milagro de lo multinacional? ¿Existen los milagros o son simplemente la relevación del orden de la vida en un momento de descuido de esa cadena maldita de la anti secuencia esclavizante de las ideologías generacionales?

Y que, para terminar, sí quería relatar cómo había sido la creadora del sacrificio y cómo había salido de ese horror: cuando se tiene el amor salvador dominante, tú no cuentas, sólo el otro vale porque te da una justificación para estar vivo, para seguir viviendo, porque se ve todo el mal en uno mismo y toda la inocencia afuera. O sea, que el otro, en definitiva, es tu razón de vivir porque tú no mereces existir. Así, entregarte sin reservas es un regalo que sólo debes agradecer. Y todo ello, porque se tiene el miedo, tu talento, desconectado, y los malos son redimibles, mientras que tú no lo eres porque ese amor es la causa del mal. ¡El mundo al revés! El amor, cuando se transforma en tu competencia, es el don más maravilloso, y lo más valioso que tan sólo los mejores se merecen y que merece recibir todo su amor en retorno, pues el amor es fuente de amor y fuente de vida. Y no hay que nutrir a vampiros. Así que es un privilegio recibirlo, lo contrario de un favor que le haces a quien te lo da. Y, para el que lo tiene, es prueba de su propia valía, inocencia y pureza. Así que tendría una clara sensación de profanarse, prostituirse si lo da a quien no admira, a quien no vale nada. Y, también, el amor es raíz de la alegría, del regalo supremo: la verdad, la verdad que es vida. Con lo cual eres custodio de ese tesoro y no has de sentirte más bueno que Dios repartiendo margarita a los cerdos, lo cual es causa máxima de miedo. Y, por último, el amor es el único trono posible: el alma, para que se asiente en él y reine el espíritu. Y Preciada señaló que hacía ya muchos años que había alcanzado la conexión y que a partir de la conexión es cuando se empieza a ser y a crecer de verdad y que eso es tan maravilloso, que ningún precio podría ser caro sino irrisoriamente barato.

Y, por último, se disculpó por haber interrumpido el debate para pedir que no la llamáramos Maestra, porque ese término la horrorizaba. Y nos explicó que Maestro, para comenzar, significaba una fase precisa de evolución, la maestría del eje amor-tristeza que ya habíamos visto en nuestra investigación anterior, y que esa fase ya la había dejado atrás desde hacía más de dos lustros y que a ningún coronel le gustaba que lo llamaran cabo, y que, fuera de broma, un maestro justamente es aquél que carga con el sacrificio de hacer crecer como justificación de su vida. Que ella era una descubridora y una creadora que se divertía y aprendía compartiendo amorosamente con sus amigos y que sólo se sentía cómoda si la llamábamos amiga, lo que nos hizo prometer. Y nos agradeció lo mucho que le aportábamos, pues una cosa era saber y haberlo verificado sobre miles de casos, y otra, muy distinta, comprobar cómo con una orientación mínima y súper discreta, surgía la comprobación de sus descubrimientos desde nuestra propia carne y que eso, para un creador, era lo máximo que le podían regalar, y así, en definitiva, estimaba que daba absolutamente en la misma medida que recibía. Por último se refirió a algo aún más importante que dar y recibir: la alegría de, en la medida en que nosotros crecíamos, sentirse más acompañada, menos sola, menos bicho raro, como diría Roberto.  

Roberto: Nos aseguró que, contrariamente a la semana pasada, por la cual nos pidió disculpas, el manifiesto de esta semana le había dado una energía y una rabia que no veas. Y que nos iba a hacer una demostración de lo bien que se sentía, rompiendo, con nuestro permiso, la secuencia del mea culpa por delante: lo primero, su competencia, la rabia iba a expresarse: él sentía una enorme rabia contra todas las ideologías, y que sí, que todas eran tristeza convertidas en orgullo prepotente y falso. Y que eso era lo que había sido el origen de su fobia contra el Legislador, pues éste coge las ideas más trilladas, más muertas y las transforma en orgullo falso de instituciones “consagradas”. Y que sí, que también odiaba las religiones, también inventos Legisladores. Pero que nos tranquilizáramos: no estaba intentando echar las culpas al Legislador de haber inventado la guerra. Pues sí, asumía con gran vergüenza que la guerra era un invento suyo.

La guerra es por lo tanto falsa rabia en vez de tristeza auténtica, o sea que, cuando hay una pérdida de bienestar, una incomunicación, como resultado de una falta de reflexión y de inteligencia, en vez de agudizar la inteligencia y la comunicación, función ésta de la tristeza, y buscar soluciones de desarrollo, se destruía todo para hacer tabula rasa y volver a comenzar. Y que se tiraba al bebé con el agua sucia de la bañera. Pero que había descubierto que eso evidenciaba un terror inconsciente que esa violencia no hacía más que incrementar: para tirar todo lo construido por la borda hay que estar convencido de que se es profundamente e irremediablemente malo, y que se iba a la guerra para dar el otro la posibilidad de matarte, de suprimirte, porque así hay que tratar al mal, tú. Y que nos preguntaba a todos nosotros, ya que Preciada sí lo había confirmado en sí misma, si esos crímenes de los cuales éramos culpables no tenían su raíz en el convencimiento de nuestra mala naturaleza, en nuestro pecado original en suma. O sea que, en vez de creer que éramos culpables porque habíamos cometido el crimen de inventar el mamiferío, las religiones, la simbiosis, el sacrificio, la guerra y el botín, descubríamos que, por lo contrario, nos habíamos castigado así para pagar un supuesto crimen, un supuesto pecado original del cual - ¿quién sino un arquetipo inexistente, un producto de nuestra experiencia prenatal del estadio donde nuestro pensamiento era aún aberrante e incompleto e incoherente? – nos habíamos convencido, siendo, de hecho, ABSOLUTAMENTE INOCENTES TODOS. Y que de ser esa hipótesis cierta, la rabia sería la única base posible del orgullo, como bien nos insinuaba su palomita amiguita Preciada. Y que sí, que eso sí que sería una liberación para el mundo que tendría unanimidad, porque ¿a qué preso inocente no le encantaría que se le demostrara su inocencia? Y que, a partir de este mismo momento, la rabia dejaba de ser su inflación, su talón de Aquiles, ya que al liberarse de esa falsa culpa y al descubrir su inocencia, nos había liberado a todos. Y que tampoco a él le gustaban esas apelaciones sectarias, religiosas e ideológicas de Maestra y que prefería llamar palomita a su palomita, y si amiga, pues mejor.

Nuestras conclusiones:

Nuestras conclusiones tras este intenso debate fueron las siguientes:

Las ideologías son tristezas nostálgicas y reductoras transformadas en falso orgullo prepotente y ávido de poder, que, por otro lado evidencian miedo a la verdadera soledad que dichas ideologías propician.

Las ideologías son producto de la tipología y sirven para mantener el estatu quo que congela la inflación de nuestra competencia, y, con ella, la pérdida de nuestro talento y de nuestra vocación.

Las ideologías son fuente de enfrentamientos y de guerras.

Las guerras son auténtica tristeza transformada en falsa rabia destructiva. En una sociedad justa la guerra estaría prohibida, como hoy lo está la pena de muerte. Quedaba por comprobar en alguna investigación posterior si la función de ataque era legítima o no, y en qué circunstancias.

Las ideologías generacionales dan el testigo para perpetuar la injusticia y la incivilización a cada tipología desconectada y por turno. Por lo tanto constituye una amenaza muy grande que compromete el surgimiento de la justicia y de la verdad.

Por razones aún desconocidas por nosotros, es decir, aún no investigadas, nos creemos todos culpables y malos, y nos auto castigamos creando el mamiferío, las religiones, la simbiosis, el sacrificio, la guerra y el botín, que, unidos éstos, nos mantienen en la anti civilización de lo humano.

Somos todos inocentes de origen y abominamos de esos seis cánceres que nos apresan en cárceles donde jamás podrá haber justicia para nosotros.

Encargamos a Roberto, nuestro libertador del día, la creación y redacción del próximo manifiesto sobre el tema “¿Nacimos para ser dirigidos?” y determinamos que Eva sería la más calificada a continuación para elaborar el manifiesto siguiente sobre el tema: “¿Existen precedentes de culturas justas en el planeta?”.   
 
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