La hemos llamado Teoría Omega porque favorece un crecimiento en espiral, que en realidad es un cono, porque a medida que asciende abre el campo de acción, de conocimiento, de potencia y de sabiduría. Teoría porque sigue un método con pasos secuenciales muy precisos. Omega porque ese crecimiento no tiene final y va hacia el infinito. Veamos:
La base de la pirámide se asienta sobre la búsqueda de la seguridad, que es la primera necesidad y motivación del ser humano. En la denominación estamos de acuerdo con Maslow. Lo que cambia drásticamente es el contenido que el MAT da al concepto de seguridad.
Necesidad de seguridad:
Para Maslow, seguridad significa que las necesidades básicas materiales de supervivencia estén cubiertas. En el MAT seguridad significa que el Rector funcione alimentado por el miedo auténtico. Con ello, no sólo se cubren las necesidades de supervivencia material, como en el caso anterior, sino que se consigue que las funciones del Rector se puedan instrumentar, siendo la condición necesaria ineludible que éste esté alimentado por miedo auténtico.
Esto significa que la persona sea capaz de percibir todas las amenazas interiores y exteriores que ponen en peligro su vivencia. En segundo lugar, significa que la principal función del Rector se establezca: la de hacer diagnósticos de las personas y de sí mismo, así como de las situaciones que pueden atañer riesgos. Significa en fin que el Rector busque y encuentre la armonía del equilibrio interno y la favorezca en los demás. ¿Quién soy? ¿Cómo estoy? ¿Cómo están los demás? ¿Qué hay que hacer para instaurar una seguridad duradera para todos? Estas son las preguntas a las cuales hay que contestar en esta fase. Y, sobre todo, en cada pregunta, responder al dónde está el riesgo y la amenaza, función principal de Rector. ¿Dónde está el riesgo, en mí, en el otro, en la situación, en los tres factores? Esa, y sólo esa, podría ser la síntesis del diagnóstico perfecto, función del Rector, quien así, cumple su finalidad de armonía.
Para ello es necesario conocer la estructura universal humana, su ingeniería emocional, el patrón de funcionamiento personal, diagnosticando adecuadamente qué estructuras y emociones tiene cada persona en mal estado y en buen estado, qué riesgos para el funcionamiento de la personalidad, para la seguridad pública y para la salud tiene cada patrón de funcionamiento, y conocer el tratamiento necesario para recuperar la solidez y adecuación de toda la estructura. Esto es lo que, en el MAT, llamamos seguridad. Y como el miedo, en la secuencia emocional adecuada, es la base de la tristeza y ésta alimenta al Sintetizador cuya función es el desarrollo, afirmamos que la segunda motivación universal del ser humano es el desarrollo.
Necesidad de desarrollo:
Esto significa que, sobre la base de la seguridad, la segunda necesidad del ser humano, una vez que consigue la aceptación de lo que él es y diagnostica a los demás cómo están, ocupando cada cual su lugar, cada cual puede mejorar su estado anterior y desarrollar todas las posibilidades instaladas de las cuales dispone. Esto significa, para nosotros, que el Sintetizador de cada cual funcione lo mejor posible, es decir que esté alimentado por tristeza auténtica.
Cuando esto ocurre, se puede maximizar lo existente y desarrollar todas los recursos disponibles, tanto internos como externos, en un clima de ayuda y colaboración. Para ello, en nuestro programa de formación, enseñamos el control del tiempo (es decir, de qué formas invertir nuestro tiempo en tareas que incrementen el bienestar integral y cómo evitar usar el tiempo en destrucción personal –el de nuestra estructura- y del entorno), el sistema de comunicación MAT (o sea, cómo aprender a hablar desde nuestra estructura a la estructura de los demás – aprendiendo para ello seis idiomas tipológicos completos que favorecen el desarrollo- y también cómo estimular con signos de reconocimiento las estructuras débiles y dar reconocimiento a las fuertes) y el desarrollo de la inteligencia con objeto de erradicar los problemas que causan pérdidas del bienestar (sea éste personal o económico) para garantizar el desarrollo. La necesidad de desarrollo no figura en la pirámide de Maslow.
Una vez conseguida esa fase, surge otra necesidad, orgánicamente, la de justicia, función que erradica las causas de rabia. Porque la tristeza es la base de la rabia.
Necesidad de justicia:
Cuando se han suprimido las causas de rabia, es decir las mentiras, la manipulación, la agresión, la injusticia y los agravios comparativos, el ser humano puede vivir en sociedad y seguir desarrollando todas sus posibilidades. Para ello ha debido poner a funcionar su Vitalizador nutrido por su emoción natural, la rabia auténtica.
Cuando funcionamos con el Vitalizador nutrido por la rabia, nos damos cuenta, en primer lugar, de que la justicia tiene una dimensión transpersonal que va más allá de la interacción de las personas, como era el caso en la fase de desarrollo. En efecto, la primera fase, la de seguridad, es esencialmente individual: cuando nos conocemos a nosotros mismos y somos capaces de diagnosticar a los demás, somos capaces de acercarnos a lo más positivo y cerrarnos a lo más tóxico. En lo más positivo encontraremos nuestro lugar y la oportunidad de demostrar nuestra valía. Entonces llega la segunda fase, la de la interacción, indispensable para el desarrollo, ya sea ésta mínima, como recoger datos del entorno que nos los tiene que administrar para que podamos poner en juego nuestra inteligencia y saber qué hacer, ya sea, de plano, a través de la comunicación. Es sólo a través de la interacción inteligente, orquestada y ordenada como se puede acceder al desarrollo.
En la fase siguiente nos damos cuenta de que si bien la justicia empieza en su nivel mínimo por que se apliquen las mismas leyes a todos en el trato que recibimos de los demás, nivel en que aún estamos interrelacionados, eso no basta para edificar un mundo justo. Nos damos cuenta inmediatamente, y es lo que enseñamos en nuestro programa de formación, de que la justicia depende de dos factores que van más allá de la mera interrelación y de la buena voluntad: la cultura y el liderazgo. Por cultura entendemos el sistema de valores que rige una organización, bien sea ésta una familia, una empresa, el país o el planeta. Con valores falsos, trasnochados, manipuladores y regresivos no hay justicia posible, porque del desarrollo se vuelve al temor de la primera fase, lo cual hipoteca el desarrollo. Estaríamos en el mito de Sísifo. La cultura adecuada, en perpetua mejora y adaptación, sirve para impedir que nada trabe, más allá del simple desarrollo, la expresión individual y colectiva de lo máximo realizable, en el aquí y el ahora de cada ser humano, por más diferente y potente que sea. Por lo contrario, se establecen los valores básicos para propiciar la máxima expresión del ser de todos y cada uno. Es la única manera de acceder desde este lugar al orgullo auténtico, el próximo escalón.
El estilo de liderazgo y el modelo de liderazgo garantizarán que el desarrollo siga creciendo y desemboque en el estatus, su fase siguiente natural. ¿Cómo? Abriendo campos nuevos y protegiendo lo válido de los existentes. Para ello mostramos, en nuestro programa de formación, que el estilo de liderazgo de cada uno -pues cada persona debe convertirse así en dirigente de su propia vida y en modelo de referencia para los demás- debe sustentarse, en abcisas, sobre el talento diferencial de la persona y en ordenadas, sobre su vocación más elevada. De esta manera, no sólo se propicia el máximo crecimiento sobre la base de la gestión del talento y de la vocación personal, sino que se establece un clima de justicia auténtica que imposibilita que nadie venga a coartar la medida de lo posible. Así se puede acceder al estatus verdadero, tanto para cada integrante, como para la organización que trasciende la suma de sus componentes humanos y materiales.
En efecto, con una cultura que propugne valores vivos, eternos, biológicos y adaptados al florecimiento particular de cada tipo de organización, se garantiza la lozanía, la vitalidad, la energía necesarias para que se produzcan florecimientos deslumbrantes.
Y con un estilo de liderazgo que repose, no sobre el “deber ser”, sino sobre la búsqueda y la expresión del ser real de cada uno, se accede a la medida de lo posible, que es, en definitiva, nuestro sinónimo preferido de justicia.
Estas dos necesidades, una vez cubiertas, abrirán paso a la cuarta fase y necesidad: la de estatus. La motivación de justicia tampoco está contemplada como una necesidad de las personas en la pirámide de Maslow. Al igual que el desarrollo, no existe, para él y para sus seguidores, como motivación sana, natural y normal universal.
Necesidad de estatus:
Esta motivación sigue la de la fase anterior de justicia que constituye su base. Pues cuando el entorno favorece la expresión de la medida de lo posible en cada momento, se accede a la posibilidad de dar ese salto hacia lo no establecido, hacia lo que no se había podido lograr, hacia la dimensión, no de justicia, que sólo pide dejar que surja y se exprese lo posible, sino hacia la creación, la imaginación y el crecimiento de lo que jamás había sido contemplado como posible. Para nosotros, funcionar en el estatus significa que el Transformador esté alimentado por orgullo auténtico.
En nuestro proceso de formación señalamos, a los que acceden a esta fase, que aquí se establece un salto quántico entre el dirigente que tiene y aplica los instrumentos de las tres fase anteriores y que se convierte en un líder táctico, es decir en aquel que sabe mantener en vida, desarrollar y hacer expresar lo que existe, y un líder estratégico, que empieza su andadura en esta fase y la culmina dos fases después, en la sexta fase.
La posibilidad de imaginar y de crear lo que no se había podido hacer antes es un motivo de orgullo auténtico. Y es sólo sobre la base de la realización de la obra y del crecimiento como se puede pretender acceder al estatus, es decir al reconocimiento de la talla real de la persona. Este reconocimiento no se hace sobre tópicos y mentiras, que han sido erradicados en la fase anterior, sino sobre la calidad y legitimidad de la creación real y sobre el crecimiento constatado de cada uno. No se inclina nadie ante la figura de autoridad “porque es mi jefe, o porque es mi padre, o porque tiene más años en esto”, sino porque es el mejor.
En esta fase se accede al conocimiento de tres materias indispensables para afincar el orgullo y para acceder a un estatus verdadero, es decir no sometido al miedo de la provisionalidad. En primer lugar se enseña a expandir el campo de conciencia y de actividad al pasar de la comprensión de lo que es una organización pequeña, como una familia o una empresa, a lo que es una organización grande, como lo es el país en el que vivimos. Una vez estudiado la génesis de su formación como estado se elabora el plan de crecimiento necesario para que el país sea todo lo que puede llegar a ser. Con lo cual se tiene, siendo un simple ciudadano, un entendimiento y un programa de acción que ningún político actual o pasado ha poseído. Motivo de orgullo de ser del país y de saber lo que vale y lo que necesita.
En segundo lugar, se aprende a diferenciar el proceso de andadura del simple creativo, del creador y del genio. Pues son tres estadios y procesos diferentes. Y se descubre, con orgullo, que si sabemos ponernos en el camino y mantenernos en él, todos nacimos para ser genios. La segunda parte del programa se dedica a aprender lo que diferencia el desarrollo del crecimiento, accediendo a éste último y manteniéndose en él. Se descubre igualmente el sistema MAT de gestión de la Calidad Total.
En tercer lugar, se enseña a manifestarse como un dirigente en el lenguaje, expresión privilegiada del Transformador, tanto en su forma hablada como escrita.
Con todo ello se demuestra que sólo se accede al estatus real y duradero y hasta inmortal, cuando el Transformador está alimentado con orgullo auténtico.
Entonces se abre el acceso a la fase siguiente que es la pertenencia. Porque el orgullo, como ya vimos, es la base del amor auténtico.
La Pirámide de Maslow contempla el estatus como motivación humana y le da un enfoque opuesto al nuestro. En efecto, para Maslow el hambre de estatus viene tras el hambre de pertenencia y se sustenta cronológicamente sobre aquella. Así pues, en la visión dominante actual, la seguridad, siendo la necesidad de adquirir los medios de supervivencia, abre paso, cuando se logra, a la gratitud por la mano que nos dio el sustento, aunque ésta imponga el no conocerse ni diferenciarse individualmente, aunque no ofrezca desarrollo o sea inteligencia y medios para tener más de lo que se tenía, aunque no haya justicia y se pida amputarse y renunciar a lo vivo y valioso, aunque no repose sobre el estatus, es decir sobre la verdadera talla posible que se puede adquirir. Al revés. Es gratitud perruna del que besa la mano de su señor, siendo éste, no el más grande y el mejor, ni el que puede enseñar a ser un maestro, sino simplemente el que nos da de comer. Y lo que es más, esta fase de pertenencia sustenta la tercera, la de estatus. Es decir, que para Maslow, una vez que nos solidarizamos con un grupo que agradece el poder sobrevivir, hay que ponerse a competir con quien se ama para sobresalir a costa de los demás. Entonces se accede al estatus de dominar al resto del grupo y ocupar el puesto del señor. A eso se le llama trascender la pertenencia. Y el mundo entero está, hoy, dividido en una inmensa pirámide de Maslow donde a los países subdesarrollados los colocan en el nivel de seguridad como si esta debiera ser su única motivación, a los países industrializados los colocan en el nivel de pertenencia para que su máxima aspiración sea unirse sobre la base de religiones o en contra de un enemigo o sobre la base de la necesidad de establecer comercio. Los países post industriales, las sociedades de servicio, acceden así al estatus si se agrupan y empiezan a competir entre sí, sobresaliendo en nivel económico, que es el único medidor definitivo. Y al nivel superior, el de autorrealización, que ya veremos, sólo está Estados Unidos, que es el único capacitado para aspirar a actualizar su potencial sobre sus hobbys.
Necesidad de Pertenencia:
Sobre la base de la creación y del crecimiento, se produce la necesidad de compartir, de mostrar nuestra creación especial, de actuar nuestro crecimiento para seleccionar a los mejores y ahondar en nuestras posibilidades de unión. Es en efecto sobre la valía, es decir sobre la conciencia asumida de tener algo bueno que ofrecer y del cual recibir, como se puede edificar una verdadera unión. Sólo si tenemos algo valioso que ofrecer lo podemos dar con la certeza de entregar lo que va a añadir algo al receptor. Sólo si valoramos algo lo queremos incorporar a nuestro inventario.
Y, también, es sólo cuando estamos orgullosos de nosotros o de algo nuestro que deseamos compartirlo con quién lo puede valorar y va desear recibirlo. Es decir, con quien lo puede admirar.
Aquí, lo más importante es diferenciar la tristeza del amor: Cuando perdemos algo, o alguien lo pierde, la emoción auténtica es tristeza, lo que nos permite encontrar opciones y vías de reemplazo y de desarrollo. Entonces nos prestamos ayuda o la prestamos al otro. Eso es tristeza. Y es compasión. No amamos la pérdida o la enfermedad propia o ajena: la queremos suprimir para recuperar el bienestar. Cuando, después de la tristeza, de la rabia y del orgullo ya tenemos algo valioso y diferente o lo valoramos afuera, amamos eso grande que queremos dar y recibir. Eso es amor. La cultura cristiana nos ha desorientado en ese aspecto cuando confunde compasión, que es sufrimiento por el dolor ajeno o propio, y por lo tanto tristeza, con amor, que es unión con lo valioso y compromiso con éste.
Precisado lo anterior, la pertenencia consiste en que el Protector esté nutrido por amor auténtico.
En nuestra enseñanza nos ocupamos en primer lugar de descontaminar el Protector de apegos, filias y fobias no auténticos, heredados de la niñez con objeto de hacer surgir el amor del orgullo auténtico de ser adulto y autónomo. No de estar pegado a figuras que nos han podido hipotecar en la niñez, cuando aún no teníamos conciencia de ser. El ser es tarea del orgullo. Para actualizar nuestro Protector y libertar nuestro amor, mostramos los patrones tipológicos inconscientes que rigieron nuestra niñez. En efecto, como ya hemos señalado muchas veces, el MAT es una ciencia exacta. Y hemos descubierto patrones fijos de circunstancias de nuestra infancia que venían a hipotecar nuestro amor, fijándonos en el deber ser – es decir en el miedo- en vez del ser. Así aprendimos que “se debía amar por encima de todas las cosas a papá y a mamá” y luego a nuestros profesores, y luego a nuestra patria, y luego a nuestra familia creada, y luego a nuestros amigos más antiguos, etc. Con lo cual nuestro Protector funciona en efecto sobre la teoría de Maslow, sobre la base de la falsa seguridad y en un batiburrillo que mezcla a todos poniéndolos en el mismo saco.
Cuando se examinan las circunstancias de nuestra niñez, es decir, cuando se trae a la conciencia lo que antes se reprimía en el inconsciente, se puede elegir libremente, sobre la base del orgullo y de la valía, a quién amar y cuándo amarlo. Así ganamos, al menos, tres cosas: funcionar mejor, amar auténticamente, y prepararnos a fluir, accediendo así a la fase de plenitud que sigue orgánicamente al amor.
Tras la revelación de nuestro inconsciente infantil y su depuración y limpiamiento se accede al amor auténtico. Entonces enseñamos el sistema de pertenencia MAT, basado en la Teoría Omega, que nos hace acceder a esa fuerza oceánica de anhelo de entrega a lo más elevado y trascendente, que llamamos todos alma. Experimentamos que el alma rige el corazón y lo eleva, de lo más alto y valioso en nosotros y en los demás, es decir del orgullo auténtico, hacia la verdad, es decir hacia la alegría de ser en plenitud en un camino infinito y esplendoroso de pertenencia a todo lo que es de verdad, es decir, auténtico. Mueren en ese mismo instante las hipocresías y nace un sistema, todo un sistema función del Protector, de pertenencia actualizada en el tiempo y que se dirige a la eternidad. Entonces, la metamorfosis, función del Transformador, se actualiza en un permanente devenir que se llama eternidad, función del alma y del Protector. A eso lo llamamos Pertenencia. Y así se accede al amor universal y auténtico por todo lo verdadero, lo vivo, lo gestante. No es difícil comprender entonces que el amor es la única base posible de la alegría y que de la fase de Pertenencia se accede orgánicamente, naturalmente, a la fase de Plenitud.
Necesidad de Plenitud:
En nuestro idioma, plenitud significa que el Orientador se sustente sobre la base del Protector y esté alimentado por alegría auténtica. La necesidad de plenitud es propia de todo lo vivo en la naturaleza y en nosotros. Estamos vivos y lo celebramos con la alegría. Esto es válido para el aire y el mar, para las plantas y los animales. Todo fluye y danza y canta y se eleva porque da testimonio de la alegría de vivir.
El acceso a la plenitud significa acceso al Orientador y significa acceso a la alegría. Significa contacto y funcionamiento del espíritu en todo lo creado. Significa paz consigo mismo y con el entorno. Desde tiempos inmemoriales, los investigadores descubrieron que todo lo vivo y auténtico tiene espíritu. Los arcaicos lo descubrieron en la naturaleza, en los árboles, en las plantas, en los cuatro elementos, en el mar, en los animales. Y vieron en ese espíritu la presencia de lo divino. El espíritu no es ningún descubrimiento del MAT. Lo que sí lo es, es su naturalidad, su estructura – el Orientador- y su energía natural – la alegría-. Lo que sí lo es, es su secuencia en el ser humano – es decir, teniendo como base la pertenencia y el amor auténticos. En los elementos y en la naturaleza, y en las moléculas, ya lo dijimos, la alegría es la primera y primigenia energía. Y todo proviene de lo trascendente y regresa a él. Es el Norte de nuestra brújula y el Orientador es nuestra brújula.
La plenitud va desde lo más simple, como disfrutar de estar sano, pasando por celebrar algo bueno, yendo por actualizar todas nuestras potencialidades y culminando en la percepción de lo divino en algo vivo a través de la paz o en comunicar directamente con realidades divinas. Todo ello son funciones naturales e innatas de nuestro Orientador, que sólo se pueden realizar, como para el resto de nuestras estructuras, si éste está alimentado por alegría auténtica. Por lo demás, nunca insistiremos lo suficientemente en ello, la alegría es lo que mueve todo lo creado, desde el átomo hasta el ser humano, y lo mantiene en vida y con ilusión. Alegría es cambio para bien.
En cuanto al espíritu, ya lo vimos, está en todo lo vivo cuando está energetizado por la alegría, que es su energía natural. En el ser humano, el espíritu, como el resto de nuestros componentes es más sofisticado, porque tenemos una sola estructura más que los animales – el Transformador-, los cuales tienen una estructura más que los vegetales – el Vitalizador- , los cuales tienen una estructura más que los vegetales – el Rector-, los cuales tienen una estructura más que los minerales –el Sintetizador-, los cuales tienen una estructura más que los elementos. Lo demencial ha sido, hasta Freud, y, más tarde, Berne, que se haya estado analizando al ser humano en función de los cuatro elementos – aire, agua, tierra y fuego- que sólo tienen dos estructuras –el Protector y el Orientador-, los cuales tienen un elemento más que los micro organismos –el Protector-. Esa manía comenzó con los griegos antiguos y permaneció incambiada hasta hoy. Aquí sí que el MAT aporta su primera gran revolución, lo que le permite ser la primera ciencia exacta en la historia de las ciencias humanas. Esa visión empobrecedora, idolátrica y amputada del ser humano está tan desconectada del orgullo como lo es la dominante actual que estudia al ser humano como descendiente del mono, es decir, sin Transformador.
Hechas esas pequeñas pero necesarias disquisiciones, volvamos con humildad y naturalidad al espíritu humano. Es más evolucionado y sofisticado porque reposa y se erige sobre cinco dimensiones. Nada más. Ni nada menos. Como reposa sobre nuestra diferencia humana, la realidad del Transformador que nos permite crear, imaginar, formular con palabras y conceptos nuestras vivencias ha podido elaborarse más y mejor. Y relacionarse más plenamente con lo absoluto, es decir, con Dios. Con Dios y no con lo divino, porque lo divino se percibe por la alegría en cualquier elemento vivo que exista. Pero nuestra percepción no deja de ser limitada y mentirosa, porque Dios no tiene, como los humanos, tan sólo seis estructuras. Más adelante veremos que en realidad, como todo lo creado, tenemos una séptima estructura que nos permite percibir a Dios. Pero como al contacto con esa estructura se accede después del conocimiento de los ejes y como, sobre todo y además, esa estructura es y está vacía y sin ninguna emoción, sólo aportaría confusión hablar ahora de ella. El Orientador y la alegría nos sirven para acceder individualmente y colectivamente a la plenitud, es decir al estado de funcionamiento completo y perfecto en expansión horizontal, a causa del amor, y ascensional, a causa de la alegría y de su finalidad, el espíritu.
En descripción más elemental, accedemos a la plenitud cuando la sensación de estar completamente vivo alcanza su sentido de finalidad, es decir la percepción del para qué estamos vivos y somos criaturas en vida: para elevarnos hasta la percepción cercana o remota de la alegría de nuestro Creador por ser fuente de vida y darnos vida. Es sólo eso el espíritu en plenitud. Y, si lo pensamos bien, todos hemos tenido alguna percepción así en nuestra vida. La diferencia con la plenitud de nuestra Teoría Omega es que se transforma en un estado permanente y en fluir natural, en vez de ser un orgasmo del alma excepcional. No es poco.
La plenitud, a su vez, culminará en una nueva seguridad con exigencias y fronteras más remotas y seguras, la cual nos hará posible un nuevo desarrollo, y así hasta acceder a una plenitud más asumida y elevada, que abrirá paso a otra nueva secuencia de seis pasos. Así es como resumiremos nuestra Teoría Omega de las motivaciones universales humanas. Como un cono cuya punta reposa sobre la tierra y nos eleva, cada día más hacia las alturas, convirtiendo nuestra talla y valía real en las exactas dimensiones de ese cono, cuyo potencial de crecimiento es infinito.